Cuando salgo de la casa rural con la aurora (no, no es ninguna amiguita), tengo ocasión de asistir al relevo de la guardia de las moscas. Qué espectáculo, me río yo de la Guardia Real en Buckingham Palace. El retén de moscas saliente se ha retirado en perfecto orden, mientras el entrante tomaba posiciones. Pero ¡ja! en cuanto he echado a andar ha empezado a caer una fina llovizna, y han tenido que replegarse. Santiago no olvida a los suyos.
Me tengo que poner por primera vez el chubasquero, pero casi lo agradezco, después de los días de sol y calor que he tenido. Y es que ese olor a mojado, como si fuera el aliento de la tierra que vuelve a la vida con la lluvia, me encanta. ¿Se nota?
Eso si, la lluvia no cambia la monotonía del paisaje. Imposible no recordar a Bécquer...
Un cielo gris, un horizonte eterno, y andar, andar.
Llego a Fontihoyuelo, el primer pueblo del día. 34 habitantes censados. Ni un alma en las calles, una iglesia medio en ruinas, casas vacías y desvencijadas, un parque infantil que espera en vano la algarabía infantil... Se oye hablar mucho de la España vaciada, pero cuando la tienes delante en toda su crudeza... uf. 😕
Dejo atrás Fontihoyuelo y anda que te andarás llego a Santervás de Campos, patria chica del conquistador Ponce de León, cosa que los santervaseños no están dispuestos a que me pase desapercibida. Una estatua del ilustre hijo de la villa ya me pone en antecedentes.
Y el edificio de detrás es el albergue de peregrinos, que tiene anexo el Museo Ponce de León, que sólo abren por la tarde. Me acerco al albergue, hay dos mujeres que al ver que soy peregrino casi hacen fiesta. Iban a salir a comprar (aprovechan por las mañanas cuando aún no han llegado los peregrinos), pero posponen la salida por mí, me llevan dentro, me dan un café, bollitos caseros... Me abruman con su cariño 🥰. Sello y me despido con el "Buen Camino" de rigor, quiero darles algo por el café pero no me dejan. "Las gracias y ya está". Me voy, y no es la primera vez en el Camino, con una sonrisa indeleble en mi cara.
De camino al siguiente pueblo, la eterna lucha entre el hombre y el insecto se reanuda. La lluvia ha supuesto un alto el fuego momentáneo, pero con su cese las moscas se reagrupan y vuelven al ataque. Cualquier observador que me vea caminando en soledad por estos páramos, hablando solo o cantando mientras manoteo vigorosamente para ahuyentar las moscas, llegaría fácilmente a esa conclusión que todos estáis pensando 😄.
Manoteando llego a Arenillas de Valderaduey, primer pueblo de la provincia de León. No tiene mucho que envidiar a Fontihoyuelo. Casas arruinadas, una iglesia que se cae a cachos... Solo me cruzo con una paisana, que ante mi saludo (saludo a todo el mundo) me responde "Feliz Camino". Mira, es una variante.
Salgo de Arenillas y voy un poco cansadete, mi ritmo creo que se resiente, me hago un selfie que lo confirma.
El Camino discurre a la vera del río Valderaduey...
... Hasta Grajal de Campos, pueblo con imponentes restos de un pasado glorioso, incluido un señor Castillo. Aquí el sol ya calienta y las moscas están a sus anchas.
Último empujón, últimos kilómetros del Camino de Madrid. Sahagún me recibe al fin, después de 38 kilómetros, estoy tan contento que hasta me olvido de las moscas y me hago una foto con el primer tipo con pinta de peregrino que veo.
Es el final del Camino de Madrid. He recorrido 375,6 kilómetros, he llenado la mitad de mi credencial de sellos multicolores, y he ido solo casi todo el Camino. Mañana eso cambiará, Sahagún está lleno de peregrinos.
Por la tarde me doy un paseo por Sahagún, que tiene unas cuantas iglesias románico - mudéjares bastante impresionantes, y también tiene un montón de murales pintados con motivos jacobeos, para muestra este de Santiago y su caballo de color... ¿de qué color era? 😜
Mañana primera etapa por el Camino francés. Saldré hacia Mansilla de las mulas a toque de corneta... ¡Bueno, tampoco hay que tomárselo al pie de la letra!
Buen Camino.